I. PRIMERA PARTE
Creatividad > creo + -idad; presentación de la personalidad en el acto de crear, cognadas con el creer y el criar—¿qué es creatividad? Acaso, ciertamente, la inspiración > in- + spiro, la respiración del universo, inflamación que se causa en nuestro interior, la llama resultante de pura actividad esthética, del arte mismo en facultad de representación literaria, o cualquiera, que se nos induzca, ya sean las musas, ya sean los astros.
Entonces,
¿qué me ocurre? No me inspiro, no me llama el universo de mi
estómago, de hambre de crear, de creer y de criar, soy incapaz de
estar a la escucha de las armonías del universo, del cantar de los
astros o de los consejos de las musas, no oigo nada.
Dijéronme
hace ya un tiempo que tengo poca creatividad, que como si autores de
posguerra fuera, me baso en la experiencia. Soy un teórico, un
esthéta de palabras, que
copio
mis propias vivencias para el puro acto de crear, y digo de crear,
más en la creatividad, por ademan de la idad (considérolo palabra
por sí misma), fáltame el creer y el criar de mi propio cultivo del
arte; tengo frutos, pero los recojo verdes, aún pequeños y poco
maduros. Ante esa acusación de escaso de creatividad exclámome mi
confidente en vida:
—Lo
que necesitas es viajar. Aquí en tu pueblo escribiste sobre la
naturaleza, sobre el campo y lo verde.
—Ciertamente.
—Respondí yo, completamente de acuerdo.
—Necesitas
un cambio de aires; Salamanca es un buen comienzo, un sitio
diferente. Donde no sea el pardo campo lo será la arquitectura, la
ciudad de cultura como lo es Salamanca. Lo que necesitas es
creatividad y observación.
Así
me dijo él (casi mereciendo una e mayúscula)
sobre cuál sería mi
solución. Viajar. Cambiar de aires, aires, muy acertadamente dicho,
pues es en el aire donde se encuentra la inspiración, ¿y dónde se
cambiaría de aires más, se encontraría más la inspiración que en
el viaje? O incluso más allá, en el errante.
Pero
aquello [el cambiar de aires], aunque verdaderamente sería ir tras
un hálito divino, seguiría siendo crear de forma
cuasicientífico-deductiva, partiendo de hechos de experiencia que
se resultan en procesos creativos que acaban en creaciones
ilustradas, nada bruñidas, en el sentido del proceso. Un proceso
verdaderamente artístico, literario, esthéticamente originario,
sería la metogonía (-gonía
por originario) de la intuición,
el método intuitivo, a la españolesca de autores como A. Machado o
fray Luis de León y san Juan de la Cruz, el crear poemático. Pero
este criar, es un creer que en parte carece del crear. Es esthética
purísima, son, son ellos, pero no llegarán a ser otra cosa. Mis
inspiraciones en Gago y mi maestro Antonio no son dogmáticas, creo y
promulgo la primacía (y permacía) del ser, pero como apunta
Schiller en la carta XI, personalidad
y estado (ser y estar en nuestras amada lengua) tienen una relación
recíproca (dice el alemán)— complementaria, más bien, pues su
dialéctica es de complementarios, no de contrarios. Sin uno no
podemos aspirar al otro, sin ser, no seríamos, pues somos porque
somos, sin estado no llegaríamos a ser, no estaríamos, no
cambiaríamos; el cambio que nos define como seres devenidores, aún
en perfecta permacía del ser, se vería inexistente. Nos debemos a
la realidad, tanto como a la rialidad. Las divinas aguas de la
persona necesita ambas orillas del
mundo en extensión para no desbordarse en una nihilidad.
Lo
que necesitas es creatividad y observación. Observó
él. Porque recordemos que aquí las dualidades son complementarias,
la creatividad (metogonía) va de la mano de la observación, el
crear deductivo. El criar de oído y olfato (por hambre) y el crear
por tacto y vista (por razón). Del primero ya hemos hablado, el cual
brota de vez en cuando a partir de la experiencia, un febril
sueño a duermevela. Más
el otro, aun siendo un
profundo sueño, una narcosis, una soñolencia inducida por el acto
creativo, un sueño de la razón en toda regla; en contraposición
del anterior, este siendo complemente controlado, el autor sabe por
donde ir, y no solo eso, conoce todo el entorno, es un profundísimo
letargo lúcido en el que déjase llevar el autor por la fantasía.
Es el sueño de los románticos y el de, posteriormente, los
modernos.
¿Cómo
llegar a ese sueño? No se me ocurre la menor idea. Tal
vez ha de encontrarse la respuesta en la lectura, lectura de las
fantasías y fascinaciones decimonónicas, pero no leer por el acto
de leer, sino ser leído también entre las líneas, llegar a ser,
formar parte de la ensoñación literaria, para luego poder recrear.