sábado, 25 de marzo de 2023

Discurso sobre la creatividad. (?/?/20)

I. PRIMERA PARTE

     Creatividad > creo + -idad; presentación de la personalidad en el acto de crear, cognadas con el creer y el criar—¿qué es creatividad? Acaso, ciertamente, la inspiración > in- + spiro, la respiración del universo, inflamación que se causa en nuestro interior, la llama resultante de pura actividad esthética, del arte mismo en facultad de representación literaria, o cualquiera, que se nos induzca, ya sean las musas, ya sean los astros.

Entonces, ¿qué me ocurre? No me inspiro, no me llama el universo de mi estómago, de hambre de crear, de creer y de criar, soy incapaz de estar a la escucha de las armonías del universo, del cantar de los astros o de los consejos de las musas, no oigo nada.
    Dijéronme hace ya un tiempo que tengo poca creatividad, que como si autores de posguerra fuera, me baso en la experiencia. Soy un teórico, un esthéta de palabras, que copio mis propias vivencias para el puro acto de crear, y digo de crear, más en la creatividad, por ademan de la idad (considérolo palabra por sí misma), fáltame el creer y el criar de mi propio cultivo del arte; tengo frutos, pero los recojo verdes, aún pequeños y poco maduros. Ante esa acusación de escaso de creatividad exclámome mi confidente en vida:

Lo que necesitas es viajar. Aquí en tu pueblo escribiste sobre la naturaleza, sobre el campo y lo verde.
Ciertamente. —Respondí yo, completamente de acuerdo.
Necesitas un cambio de aires; Salamanca es un buen comienzo, un sitio diferente. Donde no sea el pardo campo lo será la arquitectura, la ciudad de cultura como lo es Salamanca. Lo que necesitas es creatividad y observación.

    Así me dijo él (casi mereciendo una e mayúscula) sobre cuál sería mi solución. Viajar. Cambiar de aires, aires, muy acertadamente dicho, pues es en el aire donde se encuentra la inspiración, ¿y dónde se cambiaría de aires más, se encontraría más la inspiración que en el viaje? O incluso más allá, en el errante.
    Pero aquello [el cambiar de aires], aunque verdaderamente sería ir tras un hálito divino, seguiría siendo crear de forma cuasicientífico-deductiva, partiendo de hechos de experiencia que se resultan en procesos creativos que acaban en creaciones ilustradas, nada bruñidas, en el sentido del proceso. Un proceso verdaderamente artístico, literario, esthéticamente originario, sería la metogonía (-gonía por originario) de la intuición, el método intuitivo, a la españolesca de autores como A. Machado o fray Luis de León y san Juan de la Cruz, el crear poemático. Pero este criar, es un creer que en parte carece del crear. Es esthética purísima, son, son ellos, pero no llegarán a ser otra cosa. Mis inspiraciones en Gago y mi maestro Antonio no son dogmáticas, creo y promulgo la primacía (y permacía) del ser, pero como apunta Schiller en la carta XI, personalidad y estado (ser y estar en nuestras amada lengua) tienen una relación recíproca (dice el alemán)— complementaria, más bien, pues su dialéctica es de complementarios, no de contrarios. Sin uno no podemos aspirar al otro, sin ser, no seríamos, pues somos porque somos, sin estado no llegaríamos a ser, no estaríamos, no cambiaríamos; el cambio que nos define como seres devenidores, aún en perfecta permacía del ser, se vería inexistente. Nos debemos a la realidad, tanto como a la rialidad. Las divinas aguas de la persona necesita ambas orillas del mundo en extensión para no desbordarse en una nihilidad.
    Lo que necesitas es creatividad y observación. Observó él. Porque recordemos que aquí las dualidades son complementarias, la creatividad (metogonía) va de la mano de la observación, el crear deductivo. El criar de oído y olfato (por hambre) y el crear por tacto y vista (por razón). Del primero ya hemos hablado, el cual brota de vez en cuando a partir de la experiencia, un febril sueño a duermevela. Más el otro, aun siendo un profundo sueño, una narcosis, una soñolencia inducida por el acto creativo, un sueño de la razón en toda regla; en contraposición del anterior, este siendo complemente controlado, el autor sabe por donde ir, y no solo eso, conoce todo el entorno, es un profundísimo letargo lúcido en el que déjase llevar el autor por la fantasía. Es el sueño de los románticos y el de, posteriormente, los modernos.
    ¿Cómo llegar a ese sueño? No se me ocurre la menor idea. Tal vez ha de encontrarse la respuesta en la lectura, lectura de las fantasías y fascinaciones decimonónicas, pero no leer por el acto de leer, sino ser leído también entre las líneas, llegar a ser, formar parte de la ensoñación literaria, para luego poder recrear.